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Los aspirantes a vagabundo de El guardián entre el centeno y La campana de cristal

El guardián entre el centeno y La campana de cristal son historias de protagonistas que no encajan de ninguna manera en el sistema social que habitan. Conocen su futuro, saben que la vida se ha convertido en un molde condenado a la repetición, les depara una existencia banal, llena de logros que a la larga no son ni significativos, ni satisfactorios, por tanto estos personajes, a pesar de que puedan tener las mejores oportunidades, se niegan a seguir construyendo aquel destino y a continuar con una vida fútil. El medio para realizar esta negación es un intento de escape, ambos protagonistas por un par de días se convierten en vagabundos, y bajo esa posición pueden observar lo irreal que es el mundo que los rodea, aunque la vida como vagabundo es severamente hostil, no cambian de opinión, observan con el mismo desdén el camino impuesto. 


El guardián entre el centeno



El guardián entre el centeno es protagonizado por Holden Cauldfield, un muchacho extremadamente problemático, lo han expulsado de distintas escuelas, y la novela parte de ese punto, contra todo pronóstico Holden ha sido expulsado otra vez, tiene que esperar unos días para que sus padres lo recojan y se enteren de la noticia, pero, en un intento de evitar esa primera impresión y de paso librarse un par de días de ese ambiente escolar que tanto le disgusta, decide escapar. Su plan es dormir en un hotel, mientras ronda por las calles de Nueva York, sin embargo resulta sumamente complejo, pronto se queda sin dinero para pagar una habitación, además la vida en las calles es más hostil de lo que esperaba. 

En general esa es la novela, un Holden que vaga por el mundo, mientras comenta y comparte sus impresiones de lo que lo rodea, de su familia, de sus recuerdos, de sus opiniones, de todo en lo que su atención pueda fijarse. El protagonista imparte dos búsquedas, pese a que parecen caminos opuestos, ambos senderos en determinado momento se unen. En primer lugar Holden siente una terrible soledad, intenta evitar este fantasma en la compañía de alguna persona, sin embargo es un problema que se hace imposible de solventar. La mayoría de las personas que encuentra son patanes, con los que no querría estar en ningún otro momento, sólo los soporta porque no hay mejores opciones, y las pocas personas que le parecen buenas no pueden estar con él por mucho tiempo, desaparecen de inmediato. Su segunda búsqueda es la de la sinceridad, Holden observa que todo su ambiente está dominado por las pretensiones, por una escasez de sinceridad, y él no es la excepción, tiene la manía de decir una mentira tras otra sin poder controlarse, es quizá por esta falta de control que se impone el mismo objetivo que Diógenes. 

Decidí no volver jamás a casa ni a ningún otro colegio. Decidí despedirme de Phoebe, decirle adiós, devolverle el dinero que me había prestado, y marcharme al Oeste haciendo autostop. Iría al túnel Holland, pararía un coche, y luego a otro, y a otro, y a otro, y en pocos días llegaría a un lugar donde haría sol y mucho calor y nadie me conocería. Buscaría un empleo. Pensé que encontraría trabajo en una gasolinera poniendo a los coches aceite y gasolina. Pero la verdad es que no me importaba qué clase de trabajo fuera con tal de que nadie me conociera y yo no conociera a nadie. Lo que haría sería hacerme pasar por sordomudo y así no tendría que hablar. Si querían decirme algo, tendrían que escribirlo en un papelito y enseñármelo. Al final se hartarían y ya no tendría que hablar el resto de mi vida.

Es en este punto donde se unen ambos caminos, la soledad de Holden sólo la puede colmar una persona honesta, que no pretenda, que lo comprenda y sea sincera ante él. En determinados momentos el protagonista se plantea vivir en la soledad de una cabaña, y esto tiene sentido, porque es cuando más flaquean sus ánimos, cuando ve imposible lograr sus metas y cree que su mejor posición es mantenerse en la soledad, aceptar su estado. Los únicos individuos donde Holden encuentra sinceridad es en los niños o en otras personas que se entusiasman, como una madre escuchando hablar bien de su hijo. Es aquí donde se explica la principal tensión de la novela, si la sinceridad está en la inocencia, el crecimiento es el progresivo fin de esta virtud, Holden no puede evitar mentir a pesar de su voluntad porque al fin de cuentas tampoco puede evitar crecer. 

El final de la novela es desalentador, pareciera que el protagonista está destinado a llegar a ese punto, pese a que se resistió en el fin de semana que vivió como un vagabundo. Le quedan dos futuros probables, unirse a ese sistema, a esa vida que desprecia, pero que cada vez se muestra más inevitable o vivir de una forma marginal, esta elección también se puede resumir en qué tipo de penas quiere conllevar en el futuro. A fin de cuentas Holden es un niño aún, que se interesa en las cosas más simples como: ¿qué le ocurre a los patos de Central Park en el invierno?, no obstante esa fascinación por el mundo se apaga por una sociedad desencantada, voraz, inclemente ante las necesidades emocionales.

—No quiero asustarte —continuó—, pero te imagino con toda facilidad muriendo noblemente de un modo o de otro por una causa totalmente inane.


La campana de cristal



La campana de cristal es protagonizada por Esther Greenwood, una chica que tiene un largo historial de logros académicos e incluso ganó una beca en una famosa revista de modas, pese a que su futuro parece brillante, cada vez se luce más nebuloso, ella no tiene planes a largo plazo y los de mediano se pierden rápidamente, pronto se da cuenta que el mundo de las modas y otras oportunidades a su disposición son callejones sin salida, caminar por ellos no la llevarán a la vida que quiere, porque ni siquiera conoce qué tipo de vida quiere. Esther entra en un estado difícil, pierde las pocas cosas que le causaban gusto, no puede dormir, ni escribir, su vida parece destinada a ser insatisfactoria. Aunque su madre y otros personajes intentan ayudarla, dichas acciones muchas veces provocan lo contrario. La vida de la protagonista se convierte en un recorrido desgraciado, en idas y venidas cada vez más dolorosas. Pasa de ver esos glamurosos y amorales mundos neoyorquinos, de una vida de vagancia en su pequeño pueblo natal, a vivir encerrada en centros psiquiátricos que dan la impresión de estar destinados a todo, menos ayudar a quienes los habitan. Es un viaje sumamente complejo, lleno de penurias.   

Esther también comparte sus impresiones y su propia cosmovisión del mundo, pero al contrario de Holden, quien permite ver espacios amenos en su existencia, la visión de Esther tiende a ser gris, el problema de no saber qué hacer en el futuro se convierte en el resultado final de muchas crisis que ha cargado en su vida, se crea una circunstancia tan terrible que incluso la induce a un intento de suicidio. Esther intenta escapar de ese estado, sin embargo, por más que lo busca en otras personas lo que encuentra es la confirmación de su desgracia, un reflejo de sus sombras. Mientras Holden se sorprende de un mundo absurdo, Esther ve en ese absurdo el transcurso de su vida.

En lo único que destacaba era en ganar becas y premios, y esa época se acercaba a su fin. (...) Vi mi vida extendiendo sus ramas frente a mí como la higuera verde del cuento. De la punta de cada rama, como si de un grueso higo morado se tratara, pendía un maravilloso futuro, señalado y rutilante. Un higo era un marido y un hogar feliz e hijos y otro higo era un famoso poeta, y otro higo era un brillante profesor, y otro higo era E Ge, la extraordinaria editora, y otro higo era Europa y África y Sudamérica y otro higo era Constantino y Sócrates y Atila y un montón de otros amantes con nombres raros y profesiones poco usuales. (...) Me vi a mí misma sentada en la bifurcación de ese árbol de higos, muriéndome de hambre sólo porque no podía decidir cuál de los higos escoger. Quería todos y cada uno de ellos, pero elegir uno significaba perder el resto, y, mientras yo estaba allí sentada, incapaz de decidirme, los higos empezaron a arrugarse y a tornarse negros y, uno por uno, cayeron al suelo, a mis pies.

En el caso de esta protagonista de La campana de cristal es fácil notar la soledad en la que se encuentra, este sentimiento está impregnado en su interacción con otras personas, en sus actos no hay cercanía, Esther vive en un mundo impenetrable que nadie más puede habitar. Las personas que se preocupan por ella, sólo observan una expectativa a punto de morir, y cuando intentan ayudarla no conocen el problema de fondo, lo confunden con las circunstancias, e intentan transformarlas sin fijar la atención en las causas. 

Uno de los personajes que me parecen más interesantes en la novela es Joan Gilling, vieja conocida de Esther, ambas tienen una interacción de dobles, han vivido en circunstancias muy similares y parecen sufrir las mismas cosas. La mezcla de amistad y rivalidad (de apoyo y de desprecio) revela la forma en que la soledad las aprisiona, aunque sus mentes podrían ser mundos simétricos, cada una está perdida en sí misma, sin la posibilidad de ver a la otra como un apoyo. Esther y Joan toman caminos diferentes, una puede escapar de su prisión, otra se rinde en sus intentos de fuga. 


Una semejanza en ambas obras es que los protagonistas desarrollan una metáfora que coincidentemente da título a las novelas en las que habitan. Holden se da cuenta que lo que más le gustaría ser es un guardián entre el centeno, proteger a cuantos niños pueda, ¿de qué?, quizá de eso que los terminan convirtiendo en adultos inauténticos. Esther define su estado como guardarse dentro de una campana de cristal, tal como un feto, está confinada en una prisión que surge de ella misma, y en ese estado el poco aire que tiene termina contaminado por su propia aliento, por su angustia, por su soledad. Aunque parecen asuntos contrarios, se originan en la misma necesidad, Holden no quiere más adultos deshonestos porque de esa forma jamás tendrá compañía, Esther se siete encerrada porque el mundo exterior tampoco le ofrece una posibilidad de escapar de su campana de cristal. Ambos personajes están ahogados en la soledad del mundo inclemente en el que habitan, y para escapar de él se convierten en aspirantes de vagabundo, se exilian, se desisten a interactuar y triunfar con algo que les provoca inconformidad, aunque terminen marginados, aplastados por el propio peso de su rebeldía. 


Algunas citas más:


El guardián entre el centeno:

Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adonde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura.

Cada vez que iba a cruzar una calle y bajaba el bordillo de la acera, me entraba la sensación de que no iba a llegar al otro lado. Me parecía que iba a hundirme, a hundirme, y que nadie volvería a verme jamás.

La campana de cristal: 

Si la señora Guinea me hubiera dado un pasaje a Europa, o un viaje alrededor del mundo, no hubiera habido la menor diferencia para mí, porque donde quiera que estuviera sentada —en la cubierta de un barco o en la terraza de un café en París o en Bangkok— estaría sentada bajo la misma campana de cristal, agitándome en mi propio aire viciado.

 Para la persona encerrada en la campana de cristal, vacía y detenida como un bebé muerto, el mundo mismo es la pesadilla. Una pesadilla. Yo lo recordaba todo. Recordaba los cadáveres y a Doreen, y la historia de la higuera y el diamante de Marco y el marinero en el parque y la enfermera de ojos estrábicos del doctor Gordon y los termómetros rotos y el negro con sus dos clases de judías y los diez kilos que engordé por la insulina y la roca que se combaba entre el cielo y el mar como una calavera gris. Quizás el olvido, como una bondadosa nieve, los entumeciera y los cubriera. Pero eran parte de mí. Eran mi paisaje.


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