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Recuerdos del ayer, la agridulce miseria de la infancia

La infancia, sino es que la vida en general, se compone de sorpresas, de alegrías, pero sobre todo de pequeñas tragedias. En el transcurrir de los días hay una buena porción de miseria, que viéndola en retrospectiva tal vez resulte un asunto meramente cómico, una gracia de niños, sin embargo en su momento se sufre con gravedad.  Tal vez las razones que originan la miseria sean irrelevantes, mas el dolor se vive en toda su potencia. Esto que describo lo identificaba con algunas obras como Peanuts, qué mejor descripción para las aventuras de Charlie Brown que una desgracia que se llora a carcajadas, aunque recientemente al ver Recuerdos del ayer me plantee el alcance universal de esta emoción, pues incluso en mi infancia encuentro este tipo de sensaciones.  



Recuerdos del ayer presenta a través de dos niveles narrativos la vida de Taeko Okajima, en el primero Taeko es una adulta que está apunto de emprender un viaje “vacacional” al campo, en el transcurso la protagonista tiende a recordar una gran variedad de experiencias de su niñez, aquí se presenta el segundo nivel, la película alterna entre el presente de Taeko y las vivencia de su agridulce infancia. A lo largo de la historia a la protagonista le parecerá extraño vivir su viaje con la nostalgia a flor de piel, sin tener una razón para tanta añoranza, ella se limita a reducir la importancia de sus recuerdos, considerándolos simples historias amenas que surgen a semejanza de otras situaciones que puede observar en su presente. En un orden progresivo sus memorias se van haciendo cada vez más dolorosas, algunos pesares que fueron ignorados en su momento, regresan en el presente para exigir su atención. 

Los recuerdos de Taeko tienen un par de elementos en común, el tono es cómico, mas eso no implica que sean divertidos para la protagonista, quien siempre sufre las situaciones. Va de las cosas más simples, cómo desear salir de su mundo cotidiano al probar una fruta exótica o al salir de vacaciones, pero descubrir que la novedad no necesariamente implica una mejora, las nuevas experiencias no hacen desaparecer lo mundano de la vida diaria. O las situaciones más complejas, como el reconocimiento de sus padres, Taeko es una niña talentosa, creativa, que entiende el mundo de una forma diferente, sin embargo esto no le ayuda ante unos padres que esperan ver un desarrollo estereotipado en su hija, los talentos de Taeko son minimizados y las defectos agrandados. 

En estas situaciones hay otro elemento en común, los recuerdos de Taeko parten de un deseo a medias, de una posibilidad que nunca se cumplió por completo, la protagonista no tiene de otra que vivir con esa frustración. Esto no sólo pasa en su infancia, sino que continúa en su vida adulta, ella misma describe que vive de un trabajo que no le disgusta, aunque tampoco la apasiona. Su única pasión son las labores del campo, pero esta actividad también está reducida a los pocos días de sus vacaciones. Incluso menciona que ante la negativa de su padre de participar en una obra de teatro, en la universidad formaría parte de una agrupación, y de nuevo esta experiencia sólo la vive a medias. 



Una de las escenas más impactantes es al final de la película, Taeko niña hace volver a su yo adulto al campo, los niveles narrativos se han cruzado, por fin Taeko deja de juzgar su pasado, de justificarlo y minimizarlo al calificarlo como el conjunto de historias graciosas de una niña caprichosa, y lo entiende como parte de ella, por primera vez puede seguir su deseo infantil, sin vivirlo a medias, sin que nadie la detenga y le diga que es egoísta.

Peanuts y Recuerdos del ayer tienen una semejanza importante al mostrar la existencia de la tristeza en la infancia y lo represivo que suele ser el mundo adulto, el cual muchas veces resulta en el generador de esta melancolía. Aunque la diferencia de tonos, de medios y de contextos podrían hacerlas completamente diferentes, ambas obras transmiten el mismo mensaje con efectividad, las angustias suelen ser las mismas, el niño puede ser un ente que alberga penas y pesares. Carlitos y compañía observan la pena que existe en su etapa pueril, pero también se dan cuenta que la vida, sin importar la edad, siempre implica alguna desgracia.

En este sentido me gusta el juego visual que se hace entre los recuerdos y el presente de Taeko, las infancia es presentada con paisajes luminoso e idílicos, en contraste, la adultez tiene escenarios más costumbristas, hay más sombras, la realidad se representa sin modificaciones, pero conforme avanza la historia estas ideas se van transformando, los últimos recuerdos de Taeko son crudos, están ambientados en calles cuyo único brillo son las luces de neón, por otra parte la adultez se asienta en los bellos campos, en los pasajes bucólicos de la vida silvestre. Para el final de la película la infancia y la adultez ya no parecen planos diferentes, sino las caras de un mismo mundo o la continuidad de una misma vida. 

Aunque se recuerde la tristeza con una sonrisa, el hecho de poder reír no significa que sea indoloro. Así los recuerdos del ayer terminan convirtiéndose en los del hoy, pues no son eventos sueltos que se quedan en el pasado, sino sucesos que acompañan toda la vida. 





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