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Marina y otro tanto de la madurez como lector

Durante mis primeras lecturas de adolescencia el principal criterio para disfrutar de cualquier obra narrativa era ver en ella una parte de mí mismo. Encontrar un personaje que tenía algún rasgo de mi personalidad significaba un punto en que no podría dejar la obra, a partir de ese personaje veía un oráculo, el cual me diría el futuro de mi vida en el transcurso de la obra. Con el tiempo aprendí a apreciar cada historia por distintos aspectos, e incluso a dejar de buscarme como si los libros fueran espejos, sin embargo aún hoy me sorprende cómo me es tan sencillo leer cosas de poco interés con suma facilidad sólo porque hay algo de mí en ese libro. 

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Marina de Carlos Ruiz Zafón por mucho tiempo significó el mejor ejemplo de un libro que me gustaba por esas razones. Cuando leí la novela no pude parar, en ella veía un conjunto de cosas en las que se formaba mi personalidad. Por su tono podía imaginar cada escena como una película de Tim Burton, en aquella atmósfera que tanto me gustaba. Describía al protagonista como si fuera yo, un muchacho solitario que en su tiempo libre sale a dar largos paseos por unas calles espectrales, a la vez que imagina todas las historias que se forman en esos escenarios. Y la trama se trataba de esa que en determinado momento viviría. Marina se podría decir fue mi primera experiencia que leía con tal intensidad como si yo la hubiera vivido. 

Al pasar el tiempo el libro quedó abandonado, primero porque tenía una hambre voraz de leer todo libro que me llamara la atención lo más rápido posible, después porque creí que era una obra correcta para iniciarse en la lectura en una etapa inmadura. La demerité con el pasar de los años, mientras aprendía a apreciar una obra narrativa por diferentes aspectos que no tuvieran relación conmigo, y esto me hacía pensar que si volvía a ese libro perdería todo su encanto o mi juicio estaría cegado por la nostalgia. Después me di cuenta, no tenía que haber una pérdida, volver a leer y encontrar lo que estuviera ahí podía ser tan sólo una muestra de mi crecimiento como lector. Fue bajo esta premisa que lo volví a leer y me alegro que fuera así. 

El libro está construido para leerse dos veces con una considerable distancia temporal, pues facilita dos ángulos desde los cuales la propuesta narrativa se enriquece. El más evidente fue el de mi primer acercamiento, que se reduce a la búsqueda de la aventura, conocer los personajes, observar la historia y sorprenderse con todo aquello que se presenta. Luego, la segunda lectura cobra sentido con el prólogo. Antes que la novela inicie con los capítulos numerados, hay un pequeño texto sin numerar al que llamo libremente el prólogo, el cual presenta al protagonista unos años después de la trama de la novela, quien decide rememorar los hechos de la historia. Este prólogo en la primera lectura tiene la función de un añadido estético. A la segunda el lector y el protagonista comparten un propósito, reavivar los caminos del pasado y encontrar un sentido en ello, sin interés de tener una aventura. La segunda lectura no tiene ningún peso en cuanto a su espectáculo, en cambio las acciones de los personajes, sus palabras y sus actitudes en los escenarios cotidianos se convierten en lo más importante de la novela, cosa que es imposible comprender en la primera vez por falta de información, porque en ese primer contacto es más fácil devorar la historia. 

El protagonista en sí mismo está construido bajo esta premisa, durante mi relectura no pude ignorar que tenía muchos defectos: egoísta, inseguro, inmaduro emocionalmente; pero estos detalles tienen su sentido, son los defectos de un adolescente, y es más fácil verlos cuando ya se creció que en esa etapa. Uno no puedo más que reprochar o comprender a Óscar. 

Me parece que muchos de los personajes presentados en la historia forman parte del espectáculo, sus vidas finalmente son la conformación de este, sólo hay dos personajes que llevan un desarrollo independiente a las sorpresas y las historias misteriosas e intrigantes: Óscar y Marina. Son los personajes más completos que ofrece la novela. Durante toda la narración ambos se fuerzan a la conformación de una madurez para la que no están listos, pero que en su inmadurez creen que es urgente llegar a tal punto. Óscar evade sus sentimientos buscando misterios. Establece sus primeras conexiones cercanas con seres queridos, aunque se siente distante a ellos y su forma de acercarse es vivir peligros, como si hacer proezas le hiciera digno de cariño. Al final de la historia él puede ver como una aventura siempre termina en un punto doloroso y de aprendizaje, el final de la novela es el final de la infancia del personaje y un tinte ambiguo de lo que habrá de vivir a futuro. Marina  a diferencia de Óscar, conoce toda la situación, pero desea sostenerla sin ninguna ayuda, oculta cosas para no dañar a los que quiere, hecho que termina dañándolos más. Siente culpa, sin embargo no sabe qué hacer, lo que amplifica la sensación. Salvo que sus conflictos, penas y contradicciones sólo se pueden llegar a ver en una segunda lectura. 

La novela porta dos mensajes, uno que castiga la ambición y otro que castiga la poca capacidad de pérdida del ser querido. Esto se ve con dos personajes: Germán el padre de Marina y Kolvenik el antagonista del libro. Ambos tienen una vida muy similar, de jóvenes solitarios que alcanzan la cúspide de sus vidas muy pronto para luego caer en desgracia. Para Germán la cúspide es el amor, y por tanto su existencia se detiene cuando el amor de su vida muere. Para Kolvenik su ascenso se relaciona con el crecimiento económico y el poder, aunque en un inicio parece que el amor también le impulsa, el personaje decae cuando ve su imperio descender. En ambos casos lo que la novela muestra con más énfasis es el duelo, Germán acepta la pérdida en lo posible e intenta vivir con la luz que le ha quedado. En Kolvenik, en cambio, es una absoluta negación, se aferra monstruosamente a lo que ya no tiene y arruina aquello que aún conserva. Óscar entra este juego, pues al final de la novela tiene que elegir entre ambos caminos, el cual termina en un agridulce término medio. 

Me alegro de haber leído Marina una vez más, pues encontré en ella una lectura igual o más placentera que la original. Siempre hay una pizca de duda por saber si aquellas lecturas pueriles, que en su momento significaron todo, son en verdad tan relevantes cuando hay un criterio más desarrollado unos años después. Marina la podría apreciar por ser uno de esos inicios en mi viaje de lector, me ayudó a ver que maduré en esta actividad, me hizo ver que algunos libros también maduran. 

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